Burgos (Castilla), 1 de febrero de 2026. Un episodio de la historia como el de la Revolución de las Comunidades (1519-1522) ha tenido una profundísima influencia posterior, tanto en la historiografía como en la política de España y de Europa. Así, cientos de historiadores han estudiado el episodio comunero, y su influencia en la política ha sido constante durante, al menos, los últimos doscientos años.
Hubo un tiempo en que los historiadores, seducidos por la presunta grandeza de los Austrias, despacharon a las Comunidades de Castilla como un movimiento medievalista y arcaico, y a sus principales líderes como meros defensores de privilegios trasnochados. Sin embargo, los rigurosos estudios de los prestigiosos catedráticos José Antonio Maravall (1963), Joseph Pérez (1970) y Juan Ignacio Gutiérrez Nieto (1973), coincidiendo en parte con el imaginario colectivo popular castellano y con la visión romántica del liberalismo del siglo XIX, certificaron a los Comuneros como los iniciadores de la primera revolución moderna.
Los Comuneros fueron así creadores de un movimiento democrático que pretendía asumir, a través del pueblo organizado en la Comunidad, el gobierno de los concejos y el del Reino, acabando con el poder absoluto del rey y de sus corregidores; estaban, además, los Comuneros inspirados por un sentimiento protonacionalista («primeros nacionalistas») que rechazaba la subordinación de Castilla al Imperio y reclamaba una política propia para el Reino.
Las Comunidades estaban, además, interesadas en la transformación en la propia Castilla de sus materias primas, principalmente la lana, buscando un desarrollo preindustrial; finalmente, los Comuneros, en su inicio un movimiento claramente popular, pero urbano, abrazaron las reivindicaciones del medio rural, llevando sus propuestas, claramente liberadoras del campesinado de su régimen feudal, al campo, provocando con ello que toda la alta nobleza, al ver peligrar su poder señorial, abrazara claramente el bando imperial.
Respecto al papel de Burgos en la Revolución, se ha afirmado hasta la saciedad, pero con escasísimo rigor, que esta principal ciudad castellana mostró poco afecto por el proyecto comunero. Nada más lejos de la realidad. Aun esperando un estudio que analice con exhaustividad la actuación de Burgos en la Guerra de las Comunidades, puede afirmarse con rotundidad que gran parte de su población abrazó la causa comunera con fervor, y que solo la excepcional conjunción de la alta nobleza burgalesa, temerosa del carácter antiseñorial de los Comuneros y representada por el todopoderoso condestable Íñigo Fernández de Velasco, y de la alta burguesía mercantilista, representada por el Consulado del Mar, que controlaba la exportación de lana y la importación de paños por los puertos del Cantábrico y que recelaba de la manufactura de tejidos en las propias ciudades castellanas, pudo vencer las ansias de libertad del pueblo. Aun así, solo tras la derrota del sólido movimiento comunero burgalés, tanto rural como urbano, pudieron los imperiales movilizar las tropas suficientes para derrotar a las huestes de Padilla, Bravo y Maldonado en Villalar el 23 de abril de 1521.
Entre el importante y numerosísimo elenco de comuneros burgaleses, hoy desgraciada e injustamente olvidados, destacan con luz propia dos: Pedro de Ayala, conde de Salvatierra, que, aunque nacido fuera de nuestra provincia, desarrolló su heroica actuación durante la Guerra de las Comunidades en la mitad norte de la provincia, y Garci Pérez de Urrez, más conocido como el licenciado Urrez; sirva este pequeño artículo de sencillo homenaje.
No conocemos aún mucho de la historia de este personaje burgalés, que tenía su casa en el barrio de San Esteban de la capital burgalesa y cuyas raíces personales y familiares se encontraban en la serrana localidad de Urrez. Su formación intelectual era indudable y probablemente estaba al día del pensamiento humanista y erasmista, y era conocedor del modelo de autogobierno de las ciudades italianas; y, como la práctica totalidad de las élites urbanas castellanas, vivía con preocupación el vacío de poder y las regencias que sucedieron a la muerte de Isabel I, la reclusión de Juana, legítima soberana del Reino, en Tordesillas, el reparto de los mejores puestos de la Corte a los acompañantes flamencos del joven Carlos de Gante o la pretensión del rey de aspirar al trono imperial, dejando a Castilla como una pieza subordinada de su patrimonio dinástico familiar.
Aun así, el licenciado Urrez, aunque probablemente participó desde una segunda fila, no aparece mencionado en los primeros estallidos de la revuelta en Burgos, como la decisión del Concejo burgalés de convocar las Cortes del Reino en Segovia, aun sin la presencia del rey, tras pasar más de un año Carlos I en su corte borgoñona, después de su autoproclamación como rey de Castilla, o el levantamiento de la Comunidad burgalesa que provocó la expulsión del corregidor y la muerte del francés Cofre de Cotannes.
Ya aparece Urrez entre los principales comuneros burgaleses tras los estallidos populares que siguieron a las Cortes de La Coruña, en mayo de 1520, cuando los procuradores enviados por la ciudad de Burgos incumplen el mandato de votar contra los nuevos impuestos que reclama don Carlos para proclamarse emperador, y la Comunidad de Burgos se dota de sus propios representantes, elegidos democráticamente en las asambleas de las diferentes parroquias y barrios.
El licenciado, junto al resto de los líderes comuneros burgaleses y al común de la ciudad de Burgos, participó activamente en el periodo comunero que vivió la Cabeza de Castilla, hasta que, tras el nombramiento del condestable como virrey por parte de Carlos en septiembre de 1520, Íñigo Fernández de Velasco, junto a la burguesía mercantilista de la ciudad, se hizo con el poder absoluto en Burgos, derrotando a los comuneros en octubre de 1520.
Mientras, la Guerra de las Comunidades continuaba denodadamente en las Merindades burgalesas, donde un numerosísimo ejército, comandado por el conde de Salvatierra, mantenía en jaque a las tropas imperiales y evitaba que los refuerzos militares fieles al emperador Carlos y procedentes de las ciudades y villas vascas se uniesen a las huestes del condestable y del almirante de Castilla.

Urrez tuvo que abandonar entonces la ciudad del Arlanzón, pero el reconocimiento que la Santa Junta, máximo órgano de gobierno de los comuneros, tenía por el significado comunero burgalés hizo que se le encomendase la misión de coordinar la revuelta comunera del norte de Castilla desde Reinosa, como «corregidor de la Merindad de Campoo», creando una administración disidente y revolucionaria en esta comarca castellana y cooperando eficazmente con el bachiller Zambrana, responsable de la fachada marítima de Cantabria, y con Diego Ramírez de Guzmán, instalado en Las Merindades, y apoyando las iniciativas militares de Pedro de Ayala, hasta casi el mismo mes de abril de 1521. El licenciado irá situando al mando de la práctica totalidad de los valles de la montaña santanderina a personas leales a la causa comunera, poniendo en jaque el poder del duque del Infantado en la zona.
A pesar de su ubicación en la distante Reinosa, Urrez no había abandonado sus contactos con la numerosa colonia comunera burgalesa, que esperaba cualquier oportunidad para liberarse de la tiranía imperial de los Velasco. Así, fue uno de los personajes decisivos que fraguó el plan de la Santa Junta de retomar el control de la capital mediante una maniobra doble que llevaría, ni más ni menos, que a los mismísimos Juan de Padilla y Antonio Acuña a las puertas de Burgos. Sin embargo, inexplicablemente, los comuneros burgaleses se alzaron en armas contra el condestable el 22 de enero de 1521, unos días antes de la fecha convenida, y fueron sofocados a sangre y fuego por las tropas imperiales.
Uno de los objetivos principales que le fueron encomendados a Urrez fue el de atizar el fuego antiseñorial en un ámbito claramente nobiliario como el del norte de Palencia, norte de Burgos y tierras de la Montaña, tarea que desempeñó de la mano militar del capitán general comunero del Campoo, Gómez de Hoyos. Es una prueba del fervor comunero del entorno de Reinosa la facilidad con que el licenciado alzó en armas una amplia milicia formada por más de ocho mil hombres que, aunque posiblemente se tratara de campesinos mal armados, marcharon con audacia en apoyo de la revuelta comunera en las Merindades del norte de Burgos y de las tropas, ya más aguerridas y profesionales, del conde de Salvatierra, poniendo sitio a las plazas fuertes imperiales de Medina de Pomar y Frías, hasta la derrota del puente de Durana.
Poco después de la derrota comunera de Villalar, Pedro Gómez de Figueroa y de Velasco, deán de la catedral de Burgos y al mando de las tropas imperiales que entraron en Reinosa, detuvo al licenciado Urrez, que fue procesado y juzgado con rapidez (probablemente en mayo de 1521); el temor que seguramente inspiraba el comunero y el rencor que le profesaban el condestable de Castilla y el duque del Infantado por haber revolucionado sus señoríos norteños hicieron que fuera condenado a muerte y rápidamente ajusticiado. Los simpatizantes de la causa comunera en Reinosa velaron su cadáver, que fue enterrado en un convento de la localidad campurriana.
Al licenciado Urrez le cupo el dudoso honor de encontrarse entre los 293 comuneros de mayor talla exceptuados del denominado Perdón Real de octubre de 1522, por medio del cual el emperador Carlos V señalaba claramente quiénes habían sido sus más significados rivales en la Revolución Comunera. En la misma lista se encontraban su compañero Pedro de Ayala, conde de Salvatierra, capitán general de la Santa Junta, que fue ajusticiado en Burgos tras meses de feroz tormento, y más de una veintena de burgaleses, mayoritariamente de Aranda de Duero.
Además de con su vida, Urrez pagó su filiación comunera con la confiscación de todos sus bienes, cuantificados en unos 250.000 maravedíes (una importante fortuna para la época), constituidos por su casa en el barrio de San Esteban, un molino, viñas, diversas propiedades, tierras de labor y ganado. Tras su ajusticiamiento, su viuda, Catalina de Porras, tuvo que litigar, en un proceso desarrollado en julio de 1522, para reclamar su dote y arras, evitando que la confiscación imperial de los bienes de Garci Pérez de Urrez la dejara en la más absoluta miseria.
El licenciado Urrez, prendado de la fuerza de las ideas de las Comunidades, prefirió el compromiso pleno con su pueblo y sus gentes al cómodo devenir que tenía por delante un hombre culto y adinerado en la sociedad burgalesa de principios del siglo XVI. Supo, como Juan de Padilla, María Pacheco, Juan Bravo, Pedro y Francisco Maldonado, Antonio Acuña o Pedro de Ayala, anteponer un proyecto castellano, democrático, moderno y popular a la tiranía imperial que, durante siglos, de la mano de los Austrias y Borbones, empobreció a Castilla, convirtiéndola en mero instrumento al servicio de los sueños imperiales de unas dinastías extranjeras.
Bibliografía básica: Maldonado, Juan: El movimiento de España. Centro de Estudios Constitucionales, 1991. Maravall, José Antonio: Las Comunidades de Castilla. Alianza Universidad, 1963. Pérez, Joseph: La Revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Siglo XXI, 1976. Salvá, Anselmo: Las Comunidades de Castilla. Hijos de Santiago Rodríguez, 1895.
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