La monstruosa crisis económica que hemos padecido en España, y de la cual no nos hemos recuperado, por más propaganda mediática que nos quieran inocular, ha servido de escenario para plantearnos los tres grandes problemas que nuestro país debe resolver si pretende una viabilidad razonable para las próximas décadas: en primer lugar, la Regeneración de nuestra vida política, habilitando mecanismos que impidan la corrupción y hagan pagar de forma ejemplar a los culpables de décadas de desmanes, sus desaguisados, despilfarros y latrocinios, y además debe hacerse profundizando el carácter participativo, transparente y popular de nuestra democracia; desde mi punto de vista, esto será impensable sin una decidida y amplia reforma constitucional. En segundo lugar, es urgente buscar una salida sostenible e igualitaria a la crisis de nuestro sistema productivo, poniendo en funcionamiento otros modelos económicos más eficientes, tecnológicos e innovadores. El último nudo gorgiano a resolver en nuestro país es la cuestión territorial, amortiguada tras el pacto de 1978, con el estado de las Autonomías, pero ahora hirviendo en su total intensidad, mientras se confrontan modelos recentralizadores con otros que lisa y llanamente apuestan por el separatismo.