Burgos (Castilla), 17 de agosto de 2025. Hace unos días nos dejó, en su querido pueblo de Caleruega (Burgos), nuestro entrañable compañero y amigo Ángel Martín, El Piras. La muerte lo sorprendió demasiado pronto, a los 55 años, haciendo lo que más le gustaba: trabajar en el campo, pastoreando su rebaño de ovejas, como había hecho toda su vida.
Ángel era un comunero convencido, un hombre bueno y sencillo, de esos que dejan huella. Incansable luchador, ruralista apasionado y siempre entregado, encabezó durante varias legislaturas las candidaturas del Partido Castellano–Tierra Comunera (PCAS-TC) en su ayuntamiento. Allí supo sumar voluntades y tender puentes con personas de diferentes sensibilidades, construyendo una oposición firme frente a la corrupción y el caciquismo.

En estos tiempos difíciles para la Castilla rural, donde los pueblos pierden jóvenes, la vida se hace cuesta arriba y los servicios públicos se resquebrajan, Ángel sabía que mantener viva nuestra identidad castellana y el orgullo de ser rurales era imprescindible para que no se apagara un modo de vida honrado, sencillo, humano e insustituible.
Nunca fue hombre de gritar ni de imponerse, pero mientras otros discutíamos sobre mil planes, él aportaba siempre la sensatez y la serenidad que aprendió en las miles de horas de soledad junto a sus ovejas. Desde niño, las viñas, el cuidado del campo, las tertulias sin prisas con los amigos y la participación en la vida de su pueblo fueron su escuela y sus señas de identidad.
El Piras, como lo llamaban cariñosamente vecinos y compañeros, estuvo siempre al lado de agricultores y ganaderos en tractoradas, manifestaciones y encuentros. Creía firmemente en la necesidad de defender con orgullo el mundo rural, sin agachar la cabeza ante nadie, convencido de que valores como la honestidad, la amistad, el bien común y el trabajo bien hecho nunca deberían ser arrasados por una modernidad urbanita, deslumbrada por la tecnología y la prisa.
La iglesia de Caleruega se quedó pequeña para acoger a todos los que quisieron despedirle: vecinos, familiares, compañeros comuneros, sindicalistas, amigos e incluso rivales políticos, todos unidos para rendir homenaje a un hombre querido y respetado, que siempre dejó en cada encuentro la huella de su humanidad.
Los campos de cereal, los viñedos, las extensiones de lavanda, los llanos, las cuestas, los chozos y las vías pecuarias de su Caleruega natal le echarán de menos, y cuando nos suene el móvil, añoraremos oír como tantas otras veces el rugido del viento y de fondo el sonido de las esquilas de sus ovejas que precedían al vozarrón de Ángel.
Nuestro mejor homenaje será continuar su camino, seguir defendiendo con orgullo su legado y no olvidar nunca la sencillez y la bondad de un hombre que vivió como pensaba.



