Castilla, 31 de diciembre de 2025. El pasado 2 de diciembre, Toledo celebró la inauguración de un monumento dedicado a María Pacheco, obra del escultor Julio Martín de Vidales —autor también del dedicado a su esposo—, y emplazado frente al Alcázar, desde donde ella lideró la resistencia frente a las tropas imperiales.
Este homenaje encuentra un intenso eco en el castellanismo. Nuestro portavoz en Castilla-La Mancha y expresidente, Pedro Manuel Soriano, destaca que, tras cinco siglos, la ciudad salda una deuda histórica, y recuerda que el PCAS-TC ha mantenido viva la llama de esta demanda de reparación durante casi cuatro décadas prácticamente en solitario. Una vez conseguida, hace hincapié en otra reivindicación histórica: la creación de un Centro de Interpretación de la Revolución que profundice en el papel clave que en ella jugó Toledo y que complemente y colabore con el del Castillo de Torrelobatón, en Valladolid.
La hora de la reparación
Hubo un tiempo en el que las murallas de Granada no guardaban silencio, sino el rumor de lenguas, rezos y acero. Allí nació, en torno a 1496, María, hija del conde de Tendilla y de Francisca Pacheco. Pertenecía a una cuna privilegiada, rodeada de palacios y códices, pero el destino le reservó una grandeza distinta: la que se conquista, no la que se hereda. Creció en La Alhambra, donde la disciplina se mezclaba con el brillo del mundo renacentista y la memoria viva de los vencidos.
Desde niña aprendió que Castilla se defiende con la espada, con la palabra y, sobre todo, con la dignidad. Quizá por eso, a diferencia de tantas mujeres de su tiempo, escogió su apellido —Pacheco— como quien marca en piedra su voluntad de ser recordada por sí misma. Su formación, sorprendentemente amplia para la época —latín, griego, matemáticas, historia y Escrituras—, templó un carácter firme, capaz de mirar a los ojos a los acontecimientos y no pestañear, ni siquiera cuando el camino la enfrentó al poder más temible de su siglo.

Su historia tomaría un rumbo irreversible junto a Juan de Padilla. Sí, fue su esposo; pero es un error —y una injusticia— pensar que vivió a su sombra. Cuando Castilla ardió en la revolución, cuando Carlos V entregó el gobierno del reino a consejeros corruptos y los castellanos pagaron con impuestos el lujo ajeno, María no fue un eco: fue una voz. Padilla, Bravo y Maldonado dieron cuerpo militar a la revuelta, pero fue ella quien supo darle alma y resistencia. Porque mientras los hombres caían en Villalar, ella convirtió Toledo en llama viva de la esperanza comunera. Desde su casa —esa misma que después sería demolida y sembrada de sal— y luego desde el Alcázar, ordenó tropas, movió artillería, sostuvo a una ciudad cercada que se negaba a hincar la rodilla. Fueron nueve meses de resistencia bajo su mando, nueve meses en los que Castilla sostuvo su latido gracias a una mujer de apenas 25 años.
Pero no hubo clemencia para esa tenacidad. La derrota, la traición de nobles que eligieron los privilegios frente a la justicia y el peso del vencedor recayeron sobre ella con una crueldad que la historia oficial no ha querido mirar de frente. Condenada a muerte en ausencia, tuvo que cruzar la frontera hacia Portugal. Allí, en Oporto, murió pobre y lejos de su querida Castilla. Quiso reposar en Villalar junto a su esposo, pero ni siquiera ese último deseo le fue concedido. Sus restos se perdieron, pero su memoria no.
María fue llamada “Leona de Castilla” y “Centella de Fuego” por nuestro pueblo. No por costumbre, sino por justicia. Porque supo encarnar lo que hace grande a esta tierra: la dignidad cuando todo parece perdido.
Hoy, desde una Castilla que sigue reclamando justicia y voz propia, no es una estatua ni un nombre cincelado en granito. Es un ejemplo: la prueba de que Castilla fue libre cuando tuvo mujeres y hombres dispuestos a sostenerla sin pedir permiso.
Que su memoria sirva como pendón. No para llorar lo que fuimos, sino para exigir lo que aún debemos ser.
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