Castilla nos une

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LAS COMUNIDADES EN UNA TIPOLOGÍA DE LAS REVOLUCIONES. José Antonio Maraval De la Real Academia de la His. (18/09/2001)

HISTORIA
LA REVOLUCIÓN DE LAS COMUNIDADES DE CASTILLA
LAS COMUNIDADES EN UNA TIPOLOGÍA DE LAS REVOLUCIONES

José Antonio Maraval De la Real Academia de la Historia

Después de que un ingenioso ensayista, a fines del siglo pasado, tuvo la ocurrencia gratuita, basándose en una confusa intuición recogida en Menéndez Pelayo, de presentar el movimiento comunero como un episodio de carácter regresivo, en sentido inverso a la modernidad que se inauguraba con el Imperio de Carlos V, tal tesis se difundió fácilmente -en Unamuno, Marañón y tantos otros-. Una interpretación así tenía a su favor aparecer como producto de un espíritu crítico muy al día.
Sin embargo, al estudiar, dentro de la perspectiva de mi plan de investigación sobre la formación del Estado moderno, la figura histórica, no biográfica, de Carlos V y el entorno ideológico-político en que se desenvolvió su reinado, empecé a ver de otra manera la cuestión. Llegué a ciertas conclusiones que no encajaban bien con aquella valoración, sin duda un tanto apresurada, sobre el enfrentamiento de los comuneros castellanos con el gobierno del Emperador. En efecto, no se podía dejar de advertir que en 1519-1521, Carlos de Gante -como algún historiador ultrapirenaico le llama- se hallaba todavía inmerso en la concepción patrimonialista acerca de la naturaleza de la dominación política que recibiera como herencia familiar borgoñona.

En segundo lugar, en esas fechas en que recae sobre sus hombros el Imperio -Imperio al que los españoles del momento llamarán de Alemania-, no se ha desprendido de la formulación medieval del Sacro Romano Imperio.

En tercer lugar, aun después de derrotadas tristemente las tropas comuneras y a pesar de la represión que siguió duramente al episodio de Villalar, nunca se extinguieron los ecos de una soterrada pero no eliminada aversión castellana a lo que Carlos V representara, de manera que quienes construyeron, con mejor o peor acierto, aunque siguiendo una línea claramente definible, el Estado moderno de base protonacional en tierras peninsulares, dejaron siempre de lado cualquier referencia al gobierno de Carlos V, para buscar un entronque con los Reyes Católicos, cuyo mito precisamente los comuneros se habían adelantado en levantar.

En el conjunto de una situación histórica no se pueden cortar y separar los caracteres de los factores que en ella juegan, presentándolos como en estado puro, aislados unos de otros. Pero lo cierto es que, a poco de estudiar un cierto volumen de documentación sobre las Comunidades -comprendidos los textos ideológicos que sobre tal movimiento se produjeron en la época misma-, se llega al convencimiento de que, interpretativamente, si hay que dar la calificación de moderno a alguno de los bandos enfrentados en aquella crisis, creo que hay que atribuirlo al de los rebeldes comuneros. Merece la pena señalar que, desde su derrota hasta la época contemporánea (en voz baja durante los siglos XVI y XVII, con una declarada carga de oposición al régimen establecido, durante el XVIII, o con retórica que busca el contagio popular, durante el XIX), cada vez que nos encontramos con un pensamiento inspirado por una aspiración de profundo cambio político, tropezamos con un recuerdo de las Comunidades, convertidas en mito de nuestra historia revolucionaria y modernizadora.

Hostilidad social

Demos por admitido provisionalmente su carácter moderno: pero entonces resulta sugestivo intentar ver si ese hecho que caracterizamos como una rebeldía moderna, puede ofrecer aspectos que nos permitan, en segundo lugar, calificarlo de revolución. Enfocar esta cuestión con un sentido histórico ha de apartarnos tanto de la posición hipercrítica de pensar que no hay revoluciones que deban llamarse así hasta una época muy avanzada (aunque sea la fecha ilustre del 14 Juíllet francés), como del intento presentado por R. Pillorget, quien, en los movimientos insurreccionales franceses del siglo XVI, busca el modelo que en ellos subyace, en tanto que pueda estimarse válido para todos los tiempos y para todos los países, constatación que confirma la permanencia de aspiraciones, temperamentos y comportamientos humanos.

No se trata, sin embargo, de ir en busca de esas constantes de raíz cuasi biológica, suponiendo, que existan. Ciertamente que en todas las sociedades conocidas se han encontrado y se encuentran grupos de individuos que rechazan el orden establecido y se lanzan a un movimiento de violencia armada, con el objeto de transformarlo. Baechier, al observarlo así, no da a estas manifestaciones de agresividad social (tal vez es mejor decir de hostilidad) -las cuales pertenecen al campo de las mutaciones sociales-, el nombre de revolución sino que se sirve atinadamente de la expresión, más genérica y amplia, de fenómenos revolucionarios.

Pienso, desde luego, que la revolución es un modo muy específico de presentarse esos fenómenos: un modo que se da en un período de la historia moderna, período que algunos hacen arrancar de la segunda mitad de¡ siglo XVIII, con la Revolución americana, que otros adelantan en más de un siglo, a la Revolución inglesa, y que investigaciones de los últimos años en diversos países -Nápoles, Francia, Alemania, España, etcétera- tienden a poner ya de manifiesto en el siglo XVI, y aun con borrosas aunque interesantes anticipaciones fragmentarias que se vislumbran en el siglo XV. En esa línea publiqué en 1963, mi libro sobre las Comunidades poniendo el acento en su presentación conforme al tipo de una revolución moderna, desenvolviendo la tesis que algún tiempo antes había expuesto en la Sorbona, en un curso de varios participantes sobre los movimientos populares. Creo que el excelente libro de R. García Cárcel sobre las Germanías valencianas -a pesar de la ambigüedad de¡ movimiento, destacada por el autor-, pone de relieve, de todos modos, la ampliación de las actitudes revolucionarias a otros reinos de la Península (y), sobre cuyo fondo conflictivo se definen los trazos de la violenta subversión castellana.

Esta línea de interpretación ha sido reforzada posteriormente por las investigaciones que aporta y las conclusiones que de ellas obtiene el profesor Joseph Pérez. Mi obra señalaba ya algunas interesantes repercusiones entre la población del estrato bajo y la derivación incontenible de la insurrección, a pesar de la contención procurado por alguno de sus jefes, hacia francos aspectos de subversión de contenido social. Una bien trabajada tesis del profesor Gutiérrez Nieto amplió ulteriormente estos aspectos.

Proyecto revolucionario

Empezaré por observar que en la estructura de toda revolución se inserta, como un elemento de la misma, la presencia de lo que Sartre, en su «Critíque de la raison díalectíque», llama proyecto revolucionario. Desde la base de la antropología de Ortega, que ha señalado el carácter radical de la condición proyectiva de la vida humana (a diferencia de la condición reactiva del animal), esta idea podría enriquecerse y desarrollarse ampliamente. Parece incuestionable que toda sociedad que entra en el marco de la historia cuenta con un proyecto en ella vigente, el cual no es una imagen gratuita, meramente mental, sino un programa de actividades múltiples y entrelazadas, un proyecto concreto y real, del cual resulta, eso sí, la imagen que la sociedad y sus individuos tienen de esa empresa común de su convivencia. Pero frente a este proyecto vigente en que se basa el orden existente, la revolución presenta un proyecto discrepante, para reemplazar al otro y que, como aquél, es, no menos, un proyecto real, operativo. Uno y otro, proyecto establecido y proyecto revolucionario, tienen una común condición de proyectos colectivos, bien que no en el sentido de que todos les presten consenso y los acepten de la misma manera. Respecto a cada uno de ellos, el fin -que se busca, el grado de adhesión que se le presta, las razones de su aceptación o repulsa, el modo de participar, etcétera son diferentes.

También con el proyecto revolucionario se exige que cuente con él un amplio grupo, capaz de una actuación pública en favor de aquél, que supere un dintel de eficaz amenaza. No puede quedarse en mera ocurrencia personas más o menos compartida por unos cuantos. De momento, saquemos de esto la conclusión de que requiere unas ciertas motivaciones para su inserción en un ámbito social. Pues bien, en el siglo XVI castellano, las causas que se puede decir que desencadenaron desde su comienzo una considerable movilidad horizontal o territorial, unidas a otras de carácter coyuntural que provocaron un evidente crecimiento económico, demográfico, cultural, etcétera, especialmente en Castilla, visibles ya desde fines de¡ siglo XV, facilitaban a su vez un aumento de¡ índice de movilidad vertical o ascendente. Durante buena parte de este siglo renacentista se continuó, sin duda, ese aumento y ello promovió la difusión de una imagen expansivo de la sociedad coetánea. Pero el incremento de esa movilidad ascendente fue de hecho mínimo, en relación al potenciamiento de las energías individuales que las múltiples experiencias del Renacimiento habían traído consigo, erosionando la construcción jerárquica de la sociedad estamental.

Esta última circunstancia dio lugar a que la nobleza que había empezado a soportar fuertes criticas, no en sus miembros singulares sino como estamento -en relación a su función social y al modo de cumplirla- comenzara a asumir una actividad de elite de poder (de tipo moderno), dejando en segundo lugar su posición de estamento organizado e institucionalizado. Su incapacidad final para adaptarse a este empeño, la llevó al fracaso («La Historia es un cementerio de aristocracias», escribió Pareto) y suscitó la reflexión sobre la necesidad de fomentar unos grupos intermedios (clases medías, no duda en decir P. Vilar). En el comienzo de ese período están las Comunidades. Cumple así el movimiento de estas últimas con el carácter que señalaba Pareto: las revoluciones se producen con frecuencia debido a atascos en la circulación de las elites, que cortan la corriente de la movilidad vertical y dan lugar a que se acumulen en los niveles altos del sistema vigente de dominación política individuos sin condiciones para permanecer en los mismos, a la vez que se concentran en capas inferiores de la pirámide social individuos que poseen capacidad para funciones más elevadas y que se ven impulsados por un afán ascendente a cambiar de puesto en la estratificación de la sociedad.

Presión social

El reconocido auge castellano de fines del siglo XV y primeras décadas del XVI dio base para esa innegable tensión de dinamismo social que los propios testimonios de la época nos transmiten. Ese crecimiento castellano es bastante anterior al descubrimiento de América e independiente de él: está bien clara su imagen, antes de que comiencen a llegar a la Península los metales preciosos de las Indias.

El hecho de haberse librado del azote de las últimas pestes, de haberse mantenido aparte de las guerras europeas y mediterráneas del último período medieval, de haber desarrollado por esta razón ampliamente el comercio marítimo, de haber visto incrementada la producción de cereales -la intensa actividad roturadora de tierras comienza en ese tiempo- y la producción y exportación de lanas, más -aparte de otros factores- la subida del volumen demográfico, crean en Castilla una presión social, en busca de una nueva distribución de la población en los diferentes estratos. Y a partir de esa situación, con la introducción de pruebas de nobleza y de limpieza de sangre, en tantas ocasiones, los privilegiados se proponen responder contrariamente cerrando, o estrechando al menos, los canales de acceso a estratos superiores. Las Ordenes militares, por ejemplo, introducen la exigencia de ser nobles los admitidos a ellas -con las consiguientes pruebas que requieren influencias y dinero-; y ello no porque antes entraran los pecheros, sino porque en una situación inmovilista tradicional no había peligro de que esto ocurriera y no era necesario precaverse; pero en las nuevas circunstancias sociales, sí.

Seguramente, las dificultades de tipo social y aun económico no hubieran impulsado por sí solas una sacudida revolucionaria como la comunera. Refiriéndose a revueltas más tardías, que otros autores han estudiado en el marco del siglo XVII, en diferentes países, R. Forster y J. P. Greene sostienen que el descontento social nunca pudo provocar por su cuenta ninguna de las cinco sublevaciones con carácter más o menos discutiblemente revolucionario que ellos toman en consideración, las cuales, en su opinión, no son fenómenos de ruptura en el cuerpo social, sino de rivalidades entre subgrupos emplazados dentro de la misma elite. No me siento conforme con esta interpretación y si la aduzco es para hacer ver que para que un movimiento presente carácter de revolución y se considere como tal, no obsta que se estime en él una limitación como la que ambos autores enuncian; pero, sobre todo me interesa hacer constar que de ello mismo se desprende que la revolución afecta al reclutamiento de la clase dominante -a lo que yo me atrevería a añadir- que lleva consigo un amplio ataque al sistema de integración social, en sus diferentes niveles.

Si efectivamente hay que distinguir entre pre-condiciones y hechos precipitantes de una revolución, no cabe duda de que los conflictos entre aspiraciones sociales son la amplia base de la que reciben la fuerza de su eficacia las causas desencadenantes, los radicalizan los enfrentamientos y les hacen adquirir su carácter revolucionario. Una revolución no es un momentáneo estallido, sino el proceso que le precede y le sigue. Aunque la radicalización y el despliegue de su proyección ideológica se vayan produciendo, a partir de la explosión violenta, tampoco cabe duda de que resultan ya perfectamente discernibles en aquellos condicionamientos que preceden, en su alcance, su fuerza, su contenido.

Cualquiera que, sin olvidar la imagen de la situación de auge castellano, a que antes me he referido, lea las actas de las Cortes castellanas de la segunda mitad de¡ siglo XV, y también algunos de los escritos de crítica social de la época, se dará cuenta del doble factor condicionante de presión social y de elaboración ideológica de aspiraciones de cambio, que forman la base de¡ movimiento de las Comunidades, de donde procede su carácter revolucionario.

Visto así se comprende que se atribuyera a los Reyes Católicos que hubieran acertado a contener la violenta ruptura revolucionaria previsible ya en tiempos de Enrique IV y provocada con Carlos I. Aquellos supieron utilizar la energía de los grupos en fase ascendente -y esto es lo que el almirante Enríquez le hace advertir al reciente emperador-, mientras que esos mismos grupos creyeron encontrar, no sin fundamento, en el nuevo soberano y en su equipo gobernante, un grave obstáculo a sus impulsos de movilidad. Esto y no una gratuita xenofobia es lo que enciende el odio a los extranjeros. Si esa hostilidad al extranjero se da es porque se ve en ellos la causa de ese taponamiento en la circulación de las elites. Por eso, desde el siglo XV se pide y en el XVI se repite machaconamente en todas las Cortes la reserva de los puestos en la Administración y en la Iglesia a favor de los naturales de¡ reino.

Hicieron mayor al Rey

La revolución lleva siempre consigo -ya ha quedado dicho- un proyecto revolucionario. Sorprende que en las Comunidades surjan rápidamente, desde su inicial fase en Avila a su período de Tordesillas, unos capítulos de peticiones en los que se contiene todo un programa de directrices de gobierno, lo cual se encuentra también expresado en cartas de unas ciudades a otras, en cuadernos de instrucciones de ciudades a sus representantes (como las de Valladolid), en textos que comentan coetáneamente los acontecimientos. Naturalmente, el último plano a que alcanzan esas peticiones de cambio no es otro que el de¡ poder supremo.

Pero no se trata de que pase de unas manos a otras, como en un golpe de Estado, o de un bando a otro, conforme al esquema de las revueltas nobiliarias precedentes (que Mª Isabel de¡ Val ha estudiado). Se trata de toda una manera de entender el poder. Creo que el comentario más agudo y, en su brevedad, más completo, sobre la significación de las Comunidades es el que escribió López de Gómara, años después de terminadas, cuando al dar cuenta de su comienzo en el año de 1520 y de su ulterior fracaso, escribe «Hicieron mayor al Rey de lo que antes era, queriéndole abatir». Esto es, el levantamiento comunero quería corregir la marcha hacia el absolutismo en la naciente figura renacentista de¡ príncipe soberano y en los términos de su ejercicio.

Repetido en documentos de comuneros (tal, Gonzalo de Ayora, Pedro de Alcocer), de testigos (como Juan de Maldonado o Antonio de Guevara) o de comentaristas e historiadores inmediatamente posteriores a los sucesos (entre ellos, Alonso de Santa Cruz, Prudencio de Sandoval, Antonio de Solís, etc.), ese planteamiento tiene una doble repercusión, que confirma los caracteres revolucionarios de¡ proyecto. En primer lugar, ampliación del círculo de los que participan en Integrar la voluntad que ejerce el poder. Esto es propio de toda revolución -y no será incompatible en el futuro con que se acabe montando una nueva estructura elitista que continuará apelando, no obstante, a una nueva amplia capa de sustentación, tal vez mediante manifestaciones de unanimidad, manipuladas desde arriba. La posición de la Junta de Tordesillas, asumiendo todo el poder del Estado, y su autoconcepción como unas Cortes extraordinarias, que hoy llamaríamos constituyentes, así como los compromisos sobre un nuevo orden constitucional que, en sus negociaciones, se esfuerzan por arrancar al Almirante, está bien clara a este respecto.

En segundo lugar, una apelación suprema a la libertad, que aparece como inspiración del nuevo orden. En mi estudio de 1963 ya hice ver que apenas hay documento de los comuneros o referido a ellos con un cierto contenido ideológico -y son muchísimos los de esta clase- que no plantee, expresándole en singular, el tema de la libertad. Esta libertad tiene un carácter político, no de libertades privadas, esto es, equivale a garantía de la participación en un gobierno propio. Por eso, yo tendría muchos reparos en calificar a las Comunidades de revolución liberal, pero no tendría demasiado inconveniente en llamarla democrática, porque estaba más en esa línea la tradición comunal del último Medievo y porque el término se encuentra en textos de la época (principalmente, en el fundamental relato de Juan de Maldonado, contenido en su manuscrito original latino «De motu Hispaniae».

A diferencia de lo que acontece con movimientos milenaristas o de naturaleza semejante, la revolución supone que el nuevo orden es creado o arrancado por mano de los hombres. Como se dice en el documento marxista, polémicamente revolucionario por excelencia, el mundo nuevo se gana. Es revelador, a este respecto, la carta del Almirante, en la que confiesa no entender por qué los insurrectos prefieren obtener con sangre lo que pretenden, en lugar de que graciosamente les haga el Emperador unas concesiones que equivalen prácticamente a sus pretensiones. Ello pone en claro una vez más, ese plano de transformación radical del orden mismo del poder.

Crear novedad

En tanto que obra humana, y, por tanto, imputable a los actores de un santo levantamiento popular, sólo se puede hablar de revolución a partir del momento en que se alcanza la experiencia nueva que demostró históricamente la capacidad del hombre para crear novedad. No puedo aceptar que ello arranque de las Revoluciones americana y francesa, al modo que sostiene H. Arendt. Estimo que la capacidad para la novedad, asociada a la idea de libertad, propia de la figura del hombre creador, se halla inserta frecuentemente en los orígenes de la mentalidad moderna y puede muy bien manifestarse y de hecho se manifiesta en la actuación de los primeros revolucionarios que se encuentran ya en el XVI. Pero creo, con la profesora Arendt, que ni la violencia ni el cambio pueden servir para describir el fenómeno de la revolución: Sólo cuando el cambio se produce en el sentido de un nuevo origen, cuando la violencia es utilizada para constituir una forma completamente diferente de gobierno, para dar lugar a la formación de un cuerpo político nuevo, cuando la liberación de la opresión conduce, al menos, a la constitución de la libertad, sólo entonces podemos hablar de revolución. Sólo cambiaría, en el texto que precede, decir conduce por tiende a conducir. Y añadiría que los perfiles no son tan claros antes de 1789 (tampoco lo eran ni cuando los diputados franceses entraron en los Estados Generales convocados por Luis XVI).

Un manifiesto y difundido contenido ideológico se pone de manifiesto desde muy pronto en los movimientos revolucionarios. No se trataba de una ideología sistemática y completa, no de un proyecto de reforma política y social, claramente elaborado; pero sí de un pensamiento inspirador que fue proyectando un replanteamiento del orden político y social: muchas veces las más- se trataba de reinstaurar, no de innovar, lo que no quiere decir que tales movimientos no acabaran introduciendo la novedad. Forster y Greene concluyen que, en todos los casos estudiados, «Lo que comenzó por constituir un movimiento para restaurar y preservar una herencia, forzando para ello cambios en el régimen o en el gobierno, acabó siendo una petición de alteraciones básicas en el sistema político o en la estructura constitucional».

Factor protonacional

Desde Marx (en algunas conocidas páginas de los Anales francoalemanes) a historiadores marxistas como Decouflé o conservadores como Arendt, se ha señalado ese carácter de reinstauración de los movimientos revolucionarios. No sé si ello basta para hablar del carácter de historicidad como uno de los que ofrece el proyecto revolucionario. Pero en cualquier caso, las Comunidades comienzan con un enunciado de restauración que se fija, desde luego, con bastante imprecisión, en el momento de los Reyes Católicos, sin que falte la apelación a algún precedente más lejano, a título legitimador -por ejemplo, a las Partidas-. Y ni que decir tiene que la subsiguiente actuación de la Junta, ejerciendo un poder soberano en tanto que Cortes populares, va mucho más allá de cualquier modelo tradicional.

Digo Cortes populares, en el sentido corporativo de la palabra pueblo. Es decir, pueblo equivale al concepto político de «todos», formando cuerpo y hecho presente a través de sus representantes. La constante referencia en los documentos emitidos por la Junta a que ella representa a «todo el reino» o asume la voluntad, los intereses, los derechos, de todo el reino, de todo el pueblo, es, en mi entender, uno de los más definidos caracteres revolucionarios de la Junta. He recordado alguna vez que justo un proceder así era lo eminentemente revolucionario para un Donoso. Y Marx nos dirá que toda clase ascendente, con objeto de alcanzar su meta, tiene que presentar su interés como interés común de toda la sociedad. Mi parecer es que responde a este planteamiento ese precoz sentimiento de una nueva forma de comunidad política, revelando ya caracteres de tipo nacional, que se da en las Comunidades. Ha sostenido J. H. Elliot que en las rebeliones que alcanzan una moderna forma de revolución no hay que olvidar la presencia de un fermento nacional que se halla en evolución. Propuse hace tiempo llamar protonacional a la forma de comunidad política que coagula en los primeros siglos modernos (XV a XVI l). Y pienso que un factor protonacional se entreteje en los «proyectos» revolucionarios desde el siglo XVI, muy acentuadamente en las Comunidades. Algunos historiadores modernos han considerado esto con cierta miopía, como una manifestación negativa, retrógrada, de xenofobia, como ya he dicho. Mi opinión es que esa formulación protonacional responde, por parte de las clases ascendentes, a una pretensión de ampliación del marco de la movilidad social que resulta perfectamente coherente con lo que se ha expuesto hasta aquí.

Grupos de acción

Esa ampliación del marco, hasta comprender en él a toda la comunidad, en busca de legitimación y potenciamiento de la subversión, requiere una extensa labor de propaganda y da lugar a la aparición de la figura de los agitadores y de los grupos de acción. De lo primero es buena prueba, en la ocasión de las Comunidades, el gran número de cartas que las ciudades sublevadas expiden, con finalidad persuasiva o polémica, y cartas también entre los personajes que vivieron el drama, documentos en los que con tanta frecuencia se descubren pasajes de carácter doctrina¡ o ideológico. Joseph Pérez estudió el papel, a este respecto, de los frailes. Los relatos de la época contienen muchas referencias interesantes sobre la presencia de tales elementos en Toledo, Segovia, Burgos (sobre esto último es inestimable como estampa revolucionaria el relato ya citado de Maldonado). En las «Relaciones de los pueblos de España», redactadas en la época de Felipe lI, aparecen repetidos testimonios todavía en este sentido. La intervención de la multitud enardecida en las jornadas más violentas -en Burgos, Medina del Campo, Segovia, Toledo, Valladolid, etcétera- es un aspecto sobradamente conocido. Así también se da la comprobación que de las revoluciones hacia en general W. Pareto: «Generalmente los individuos de los estratos inferiores son capitaneados por individuos de los estratos superiores». Esto concuerda con la observación de Forster y de Greene sobre los primeros movimientos subversivos modernos, acerca de la deserción de una parte de la elite, relativamente al puesto que estamentalmente tenía asignado. Y a su vez es una comprobación de que es lícito ver en las Comunidades una alteración en los canales de la movilidad social. Finalmente, aunque esto cae ya en la zona silenciosa que bordea el cuadro de la Historia, hay que señalar la presencia de esa multitud simpatizante que sale gozosamente a presenciar el paso de las tropas sublevadas y a alentarías, sobre lo que, de todos modos, alguna referencia documental queda; esa multitud que esperaba un último giro de la revolución en que fueran acogidas sus angustiadas reivindicaciones antiseñoriales.

José Antonio Maraval

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