Castilla nos une

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La industria perdedora del bando ganador.

Tras la Guerra Civil, la otrora pujante industria lanera castellana inició el camino de su declive. Paradójicamente, las escasas fábricas textiles que, tras el golpe del 18 de julio quedaron en la llamada “zona nacional”, y que se militarizaron durante la contienda, no vieron mejoradas sus estructuras tras la victoria franquista. “Se puede hablar sin tapujos de una industria perdedora dentro del bando ganador”, afirma el historiador burgalés Juanjo Martín, quien acaba de publicar un artículo sobre este episodio de la historia económica española en el número 45 de la revista “Piedra de Rayo”. Los talleres e hilaturas de localidades como la salmantina Béjar, la palentina Astudillo o la riojana Ezcaray no fueron “premiados” tras la contienda, por su “fidelidad y abnegado trabajo” a favor de la causa franquista, a pesar de que su producción se destinó prácticamente en su totalidad a abastecer las necesidades de su ejército.

Ni que decir tiene que las condiciones laborales de sus trabajadores no tuvieron ningún trato de favor por parte de las “altas jerarquías” triunfantes. Es más, los sueldos de los obreros textiles, divididos en cuatro categorías a nivel nacional, asignaban a los castellanos los más bajos, incapaces de soportar una mínima supervivencia. El trajín continuado de telares, batanes y tintes, de lunes a lunes, y a lo largo de tres años, que caracterizó una producción a destajo, tan sólo propició, si acaso, el enriquecimiento de algunos empresarios y, de ningún modo, la necesaria modernización de la maquinaria, ni la expansión de los mercados de venta de sus productos.

El artículo de Juanjo Martín, se basa en el análisis de varios números de la revista “Textil”, editada por el sindicato vertical del sector. Sus conclusiones han supuesto la ratificación de una evidencia: la decadencia del textil castellano en favor de otras regiones, especialmente Cataluña, donde destacaron Sabadell y Terrassa. Un espejismo de la “prosperidad” de esta industria lo constituyó la Primera Exposición de Productos de Ambas Castillas, celebrada en 1946. La publicidad de las empresas participantes era tan sencilla como pueril, recurriendo a mecanismos como los del “sentimiento regional”. Como muestra, un pequeño retal: “Castellanos: Si queréis dar impulso, acrecentando el fomento textil de nuestras Industrias Laneras de Castilla, habéis de consumir todos, con preferencia a otros artículos análogos o similares, sus productos industriales. Entre ellos, los tejidos de lana y boinas finas de bella forma y acabada presentación, fabricadas con los más modernos procedimientos y a precios económicos, por la Casa de D. Aquilino Martínez y Martínez, de Pradoluengo (Burgos), y que llevan la marca Cid Campeador ”.

Sin embargo, toda esta “tramoya” de exposiciones y retórica “cidiana”, llena de giros huecos, ocultaba un organismo en descomposición. La versatilidad de la producción, quedó anquilosada en tejidos bastos o, a lo sumo, en la especialización en nichos de comercialización, como zapatillas, boinas, calcetines, medias, fajas o jerseys, que se estrechaban irremediablemente con el paso del tiempo. La aparición en 1954, del mismísimo Franco, inaugurando factorías como la Estambrera Riojana, tan sólo supuso un momento para la parafernalia vacua del Régimen. Se iniciaba, irremediablemente, el canto del cisne de la industria lanera castellana.

 (Fuente: https://diariodeburgos.es/noticia/ZF44271A9-BB13-7960-1FB338CA85E25155/20150622/industria/perdedora/bando/ganador)

 

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